Los tamales santificados de Tlaxcala

*En el monasterio de las Monjas Agustinas Recoletas se cocina pensando en Dios; a 73 años de presencia, muchos conocen “los tamales de las monjas” pero no a las mujeres que los hacen posibles

Beto Pérez

Tlaxcala, Tlax.- En el corazón de Tlaxcala, se erige un muro que resguarda más que una simple edificación: un monasterio, un espacio de clausura donde el silencio y la oración son la misión principal.

Sin embargo, desde una puerta que da a la calle, emanan cada mañana los aromas de una de las cocinas más queridas de la ciudad: la de las Monjas Agustinas Recoletas. Un lugar que muchos tlaxcaltecas conocen por sus tamales, pero pocos por las manos y el espíritu que los preparan.

Nos recibe la Hermana Consuelo Castañedo Campo, una mujer cuya voz transmite la serenidad de sus 32 años de vida religiosa. Con amabilidad, nos adentra en la historia de su orden y del lugar que habitan.

“Esta casa no es cualquier casa, es un monasterio”, explica, diferenciándolo de un convento. La Orden Agustino Recoleta, a la que pertenece, es de vida contemplativa. “Somos de clausura, salimos realmente a cosas sumamente necesarias”, aclara.

Entonces, surge la pregunta inevitable: si su misión es la oración, ¿cómo es que llegan a la cocina? La respuesta es tan espiritual como práctica. “Tenemos que buscar la forma de cómo vivir también en lo material”, confiesa la hermana. Lejos de la creencia popular de que la Iglesia o el gobierno las mantiene, las monjas trabajan para su sustento. “Toda la vida religiosa trabaja para mantenerse”, afirma con sencillez.

La historia del  famoso local comenzó hace más de 40 años. Las hermanas, que llegaron de Puebla para fundar el monasterio hace 73 años pasaban por grandes necesidades económicas. Con un permiso especial, salían a vender galletas y rompope. Fue el obispo de aquel entonces, Monseñor Luis Munive y Escobar, quien les dio la idea y el primer impulso económico. “¿Por qué no abren un localito, como un balcón, para que se ayuden y ya no salgan?”, les sugirió.

Así nació el puesto. Primero intentaron con jugos, pero la demanda era baja. Entonces, una de las hermanas tuvo la idea que cambiaría todo: “Si vendemos tamales”. La propuesta fue un éxito.

Pronto, al menú se sumaron el atole y otras delicias que hoy son parte del desayuno de incontables personas. El local se convirtió en un punto de referencia, un refugio de sabor en medio del ajetreo diario.

El secreto de su sazón no se encuentra en un ingrediente exótico, sino en la filosofía con la que cocinan. La Hermana Consuelo recuerda con cariño a la Hermana Yolanda, ya fallecida, una mujer dinámica que impulsó mejoras clave. Fue ella quien propuso hacer los tamales frescos cada día, en lugar de recalentarlos.

“Que la gente se coma un tamal, pero que no esté duro de recalentado”, decía. También perfeccionó la receta de las tostadas de pata, sofriendo la cebolla y añadiendo tomillo y orégano para darles un sabor único.

Estos pequeños cambios no son innovaciones casuales, sino el reflejo de una convicción profunda. “Las cosas no son para nosotros, son para los clientes”, recalca la Hermana Consuelo. “Hay que hacerlas con amor, porque también el trabajo es un medio de santificación”.

Esta santificación a través del trabajo es el verdadero corazón de la cocina. Cada platillo es una ofrenda. “Ofrezco mi trabajo a Dios por la necesidad que la humanidad está pasando”, comparte la hermana. Antes de que los alimentos se ofrezcan a los comensales, hay una plegaria implícita: “Señor, que la persona que vaya a comer estos productos sienta algo de ti”.

No se guardan recetas; si alguien las pide, se comparten sin secretos, pues creen que el conocimiento, como la fe, debe circular libremente.

Durante estos meses de agosto y septiembre estarán preparando de manera espacial Chiles en Nogada.

Y se los puede contactar al siguiente número: 246 104 9633.

 

 

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